Blog de Nicolás Manoiloff

La Flo – Villa Florida

En estos 8 años de vida en Paraguay transite varias veces la ruta 1, entre Asunción y Encarnación. Siempre apurado por llegar a alguna de las dos, siempre buscando otros lugares, pasaba por Villa Florida como quien pasa por un pueblo de ruta, sin ni siquiera parar a comer.

No sé por qué nunca me detuve. Tal vez porque nací en una llanura (el Chaco Argentino) y dicen que uno busca algo distinto. 

Mis lugares preferidos en Paraguay siempre fueron aquellos que tienen una geografía accidentada, cerros, arroyos llenos de piedras y bosques invasores de terrenos arrugados.

Ahora bien, hace unos meses comencé a hablar con los amigos y colegas de StayPy, y uno de sus principales propulsores me dijo, “¿Conoces Villa Florida?” Yo le dije, “Claro, paso siempre por ahí”. Y cuando me hablaron de ir a una casa para que podamos parar en familia, no me entusiasme mucho, debo confesar.

Finalmente acepté y empezamos a coordinar las fechas de visita. Comence a investigar la casa y empecé a entusiasmarme. Me fascinan las galerías, el verde, los techos a dos aguas. Y justamente esta casa, Laflo, tenía todo esto. 

Y arrancamos el viaje.

Ese primer contacto con Villa Florida fue a puro amor. Laflo tiene magia. No es una de las casas coloniales que tanto me gustan. Tampoco una casa moderna llena de vidrio o metal. Pero solo llegar y ver esa galería o corredor Jeré, lleno de sillas y hamacas paraguayas me hizo pensar en qué lindo sería quedarme ahí muchos días, hasta semanas! 


En eso llega Ña Tomasa, la casera, y nos dice: Tengo listo un Piracaldo casero, hecho por mí misma… Listo. Romance inmediato. Espero que no crean que a mi solo me conquistan con la comida, aunque estoy cerca de confirmarlo. Lo que me mató fue esa combinación de naturaleza, una casa tan relajada y esa caricia para el alma de una señora que conocí ese mismo día.

Que más se puede pedir?

Después de haber saciado el hambre, partimos muy ansiosos a conocer el pueblo. Los 4 (mi señora, mis dos nenas y yo) decidimos empezar por la Playa Paraiso. Y acá vino otro golpe a la mandíbula. Que belleza esa playa, ese río (mis aplausos para el Tebicuary), esas lonjas de arena que brillaban y formaban un contraste perfecto con los nubarrones que se venían. 


Sacamos miles de fotos. Mis nenas (alguien sabe por qué a los niños les gusta tanto la arena?) no querían irse de ahí aunque la lluvia era inminente. El agua, clara y tibia, aunque ya estábamos en abril. Finalmente nos tuvimos que ir, corridos por una tormenta que decidió quedarse en esa zona hasta el momento que nos tuvimos que volver. Pero qué imagen, esas lenguas de arena color amarillo sol que se entrelazaban con el río. Esa vista abierta, verde, fresca, el olor a río. Automáticamente mis sentidos estallaron en recuerdos de mi zona natal, con el Paraná y los bancos de arena.


Llovió un poco y luego paró. Y dijimos, “vamos al centro”. 

Y acá se vino la segunda trompada, esta vez a la nariz. Ese pueblo de paso de repente se transformó en un lugar mágico, verde, amplio, limpio, sano. Con ese río omnipresente desde cualquier lado. Con esa capilla bien simple pero tan relacionada a su entorno. Con una plaza sencilla y tranquila. Con chicos jugando en todos lados. 

Quería agarrar mi auto y dejarlo en la casa y no tocarlo más! Caminar, andar en bici con las nenas. Respirar ese aire tan puro.

Salimos corriendo hacia la casa con esa idea. Pero el señor del clima dijo: de ahora en mas, lluvia! Y no fue una lluviecita, creo que fue una de las lluvias más torrenciales que vi en mucho tiempo! 

Ufff, qué hacemos ahora pensamos. Y vino la tercer trompada, directo a los ojos. Ese corredor Jeré de La Flo, con el ruido del agua cayendo fue una de las mejores experiencias que tuve últimamente. Nos sentamos afuera y pasamos casi 5 horas así, sin otro ruido que la lluvia y el olor a la tierra mojada. Que bien lo pasamos.

Después de casi 10 horas de sueño, estimulados por la lluvia que no paraba de caer, nos despertamos con el canto de un gallo. Y decidimos, aunque seguía lloviendo, ir para la zona de Centu Cué, a unos kilómetros del pueblo. Y aunque intentamos, no pudimos llegar. El camino después de tanta agua caída no estaba bien, y decidimos pegar la vuelta y volver a la playa Paraiso, que es más cerca y su camino estaba perfecto. 

Y el paisaje era completamente distinto al del día anterior. El río había crecido tanto que desaparecieron las lonjas de arena. Pero al haber tanta agua los reflejos del cielo se veían más grandes. Y tal vez no veíamos el contraste de la arena y el agua. Pero veíamos el contraste del agua y las nubes. Cuarta trompada. Y ese olor a río que activaba tantos recuerdos de mi niñez.

Nos pusimos a pescar con mi nena mayor, pies en el agua, calorcito, y las nubes cargadas de agua por todos lados.


Finalmente la lluvia nuevamente nos hizo buscar refugio en la galerìa de La Flo. Y decidimos volver a Asunción ya que las nenas estaban empezando a ponerse como se ponen los chicos cuando están mucho tiempo bajo techo.

Que lindas son las sorpresas. Y Villa Florida lo fue. Tengo tantas cosas que quiero hacer y que no pude hacer por la lluvia que voy a volver muchas veces. Y seguramente cada vez que venga voy a tener sensaciones distintas. Pero siempre con ese olor a rio que me envuelve y me hace pensar que los recuerdos de la infancia pesan tanto en la vida adulta que deberíamos estimularlos cada vez que podamos. 

Gracias StayPy y Laflo. 

Nicolas Manoiloff

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